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Tras Río+20 países en desarrollo deben tomar iniciativa

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Por David Dickson, Sciences and Development.

Hace dos años y medio, la conferencia sobre cambio climático de Copenhague (COP 15) terminó con un desacuerdo público y muy enconado entre los países desarrollados y en desarrollo acerca de lo que se requiere para prevenir un mayor calentamiento global.

Este resultado hizo que el país anfitrión, Dinamarca, afrontara una situación bastante embarazosa.

Desde el comienzo de las negociaciones de la Conferencia de la ONU sobre Desarrollo Sostenible (llamada Río+20) que tuvo lugar en Río de Janeiro, Brasil, la semana pasada, se informó ampliamente sobre los apremiantes esfuerzos del gobierno brasileño por evitar el mismo destino.

 

CIENCIA EN RÍO+20

 

Este artículo es parte de nuestra cobertura de los preparativos para Río+20, la Conferencia sobre Desarrollo Sostenible de la ONU (20 a 22 de junio 2012). Para otros artículos, ingrese a Ciencia en Río+20

Aunque la determinación de Brasil fue solamente un factor que contribuyó, el resultado fue el acuerdo de todos los 188 países participantes con un documento final lleno de aspiraciones y exhortaciones sobre la necesidad de que el mundo se encamine hacia un sendero de desarrollo económico y social más sostenible, pero sin un compromiso firme de los dolorosos pasos necesarios para alcanzar este objetivo.

Inevitablemente, este resultado no ha satisfecho a casi nadie comprometido con el proceso (a excepción del país anfitrión).

Sin embargo el aporte se relaciona con el aumento en el énfasis de las realidades políticas en las que se asentó la reunión de Copenhague —y que Río+20 adoptó—, lo cual ha sido un significativo paso adelante.

 

Tomando la iniciativa

 

Lo que fue más evidente que nunca en Río fue que la clave para el desarrollo global sostenible no descansa en los argumentos lógicos provenientes de sus partidarios en el mundo desarrollado, incluidas sus comunidades científicas, por más que sean entregados de manera vehemente.

Por el contrario, ahora depende de la combinación de fuerza política y pensamiento imaginativo en el mundo en desarrollo, particularmente entre los países de “economías emergentes” como Brasil, China e India.

En Río, estos países insistieron, de manera legítima, que un compromiso global para hacer la transición hacia las “economías verdes” solamente es válido si incluye una transferencia de significativos recursos financieros y técnicos desde el Norte hacia el Sur.

Sus argumentos fueron que dicha transferencia compensaría por el hecho de que esta transición es necesaria debido a los patrones de consumo en el Norte.

Más aún, las economías emergentes —y China en particular— se están dando cuenta de que el desarrollo sostenible es de su propio interés.

Sus problemas ambientales internos, desde la contaminación del aire hasta el incremento en las inundaciones relacionadas con el cambio climático, necesitan ser abordadas con carácter de urgencia como subproductos inaceptables del crecimiento económico.

Al mismo tiempo, una combinación de ingenio técnico y mano de obra barata los convierte en lugares ideales para llegar a ser productores principales de tecnologías sostenibles para el resto del mundo, y China ya lo ha mostrado al exportar tecnologías de energía solar al África, por ejemplo.

 

Movilizando las bases

 

Los organizadores de Río+20 quisieron enfatizar que aún cuando los procedimientos formales resultaron ser decepcionantes, ello se compensó parcialmente por la enorme red de oportunidades que la reunión proporcionó para los grupos interesados en el desarrollo sostenible.

En particular, al finalizar la reunión, se habían registrado más de 700 promesas de contribución —valorizadas en más de US$500 mil millones— para acciones concretas a través, por ejemplo, de compromisos institucionales individuales o acuerdos de alianzas.

A cada una de ellas se le pidió comprometerse con resultados cuantificables dentro de un plazo determinado. Vistas en conjunto, mostraron que ya existe un compromiso global masivo con el desarrollo sostenible, incluso sin promesas de transferencia de recursos por parte de los líderes políticos.

De hecho, este resultado parece confirmar lo que muchos han argumentado: que solamente se pueden construir economías realmente sostenibles desde las bases, y con la plena inclusión de la comunidad, así como de otras partes interesadas.

 

Reinando en el poder corporativo

 

Pero si bien las iniciativas voluntarias o de las bases son una condición necesaria para el desarrollo sostenible, no son suficientes.

En particular, se ignora en qué medida las direcciones y componentes clave del crecimiento económico —como la continua dependencia en las fuentes de energía no renovables respaldadas por generosos subsidios— están inevitablemente ubicadas en la cima, -en vez de la base-, de la pirámide política.

Es más, sin un marco político global que garantice coherencia entre las acciones individuales, cada grupo de interés sigue estando —inevitablemente— motivado principalmente por su propio interés (o el de sus grupos interesados o accionistas) más que por un compromiso con el bien común.

Por ejemplo, muchos de los 700 compromisos individuales inscritos en Río incluyen promesas individuales de empresas deseosas de ser vistas “encaminándose a lo verde”.

Irónicamente, sin embargo, la ex Primera Ministra de Noruega, Gro Harlem Brundlandt, jefe de la Comisión Brundlandt, quien fue la primera en acuñar la frase “desarrollo sostenible” en la década de los ochenta, acusó a los grupos de presión corporativos de ser parcialmente responsables de los decepcionantes resultados de las negociaciones formales.

 

Preparándose para el futuro

 

Las reuniones científicas realizadas en la etapa previa a Río+20 —incluyendo tanto la reunión El planeta bajo presión, que tuvo lugar el pasado abril en Londres, y el Foro de Ciencia, Tecnología e Innovación para el Desarrollo Sostenible del Consejo Internacional de Ciencia y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, realizado hace dos semanas en Río— delinearon la urgencia de tomar acciones en muchos frentes.

Río+20 abrió la puerta para la acción en algunos temas, como la protección de los ambientes marinos o de los ecosistemas de montaña. También aprobó una interacción más estrecha entre la comunidad científica y los formuladores de políticas, otro elemento esencial de cualquier estrategia futura.

Sin embargo, la reunión también puso de manifiesto el reto político de cambiar el curso de una economía global aún comprometida en buena parte con los combustibles fósiles y patrones no sostenibles de consumo.

Igualmente mostró que el mundo desarrollado carece de compromiso para hacer los cambios necesarios y aceptar las dolorosas consecuencias, siguiendo el dicho popular de que “a los pavos no les gusta la Navidad”.

Corresponde ahora al mundo en desarrollo y a sus economías emergentes mostrar que pueden hacerlo mejor —por ejemplo, asumiendo un rol principal en la definición de los próximos Objetivos de Desarrollo Sostenible — y proporcionando el músculo político necesario para que ello ocurra.

La preocupación sobre la vergüenza de un posible fracaso no debería frenarlos de asumir los riesgos políticos necesarios.